El viaje de vuelta comenzó pagando por mis deudas con el estado argentino. No pude evitar sentirme extranjero, justo en el momento en que marchaba. Y esa sensación me ha durado varias horas. Era una variable que no había valorado hasta ahora. Y es que este viaje de regreso a mis raíces, mucho me temo que no me va a dejar indiferente y espero tener el valor necesario para enfrentarme a todos los fantasmas que me acecharán a mi llegada. No voy a negar que la primera batalla me ha dejado herido, pero conforme avanzan las horas me voy recuperando.
Mientras escribo esto, suena por la unidad computerizada que posee cada asiento de esta curiosa línea aérea “the rover”, cuyo link de spotify no podré compartir puesto que la discografía de los Zeppelin aún debe de tener cuerda para rato en soporte físico como para ceder los derechos fácilmente. Pero qué placer poder disfrutar de las pocas ausencias de un sistema que te ofrece casi todo. Los humanos no tenemos límite. O soy yo?
Y “curioso” es que el vuelo más barato -con diferencia- que pude encontrar fuese en una línea aérea de primerísima calidad donde te hacen sentir como los humanos con los que se topa Wall-E en la segunda parte del film al que pone nombre. Por supuesto, viajo en segunda, pero en un avión enorme, absolutamente nuevo y armado hasta los dientes de tecnología. Estaba preocupado porque la batería del portátil no iba a aguantar más de dos horas, es decir, una película. Y tan sólo lo he abierto para escribir esto puesto que las unidades traen un centenar de películas y discos con los que poder pasar entretenido tan largo viaje de más de 28 horas -volar barato tiene su precio-. Algo falla en este sistema cuando el mejor precio te lo da una compañía como esta en la que el recorrido de Bs As a Madrid toma el “atajo” más largo con el consecuente derroche en combustible tanto por el recorrido como por las comodidades que ofrece la aeronave.
Así que ya me he visto ya “Shutter Island” de Scorsese y acabo de terminarme la monumental “Avatar” de Cameron. Y es que estos viajes te dan la oportunidad de ver películas a las que no le habría dado mi tiempo, algo que en estos momentos no me parece un bien tan escaso. Esta última “peliculita” tiene su intríngulis. Narra la historia de un alienígena -un extranjero- que esta vez es el humano recién llegado al nuevo mundo, donde conoce a una curiosa habitante alta, con rastas y que anda por el bosque con taparrabos, que vive en una comunidad interconectada -como bien dice María, quizá hoy por hoy, una de las ideas más rescatables de la izquierda- en un lugar que los extranjeros intentan devastar para poder extraer su riqueza, la riqueza claro desde el punto de vista de los invasores que viven en su mundo materialista y narcisista y que consideran -como dice Galeano- folclore todo lo que no es su cultura alienante. Vamos, que me ha alegrado la tarde. O noche. O no se bien ya con este lío de horarios.
Y recién termino la pomposa aunque emocionante película, abro “La ciudad vista” de Beatriz Sarlo y me encuentro la siguiente cita de Bresson: ” En el arte, existe siempre un principio diabólico que actúa en contra y trata de demolerla”. Y algo me hace volverme a sentir como en casa.
Cierro el libro un momento para disfrutar de “Kashmir” y me dice un mensajito emergente en la pantalla que he de abrocharme el cinturón y apagar los equipos electrónicos.


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